domingo, 18 de marzo de 2007



Cine negro en blanco y negro en el siglo XXI. Reminiscencias de Casablanca, incluso en su cartel publicitario. Un reparto de cine. Atentos a la magnífica voz de Cate Blanchett poniendo acento alemán. Otra forma de ver la Historia a través de una historia que nos libra de malos absolutos. Bueno, los buenos absolutos siguen siendo los americanos a través de las "tres Bes" de George Clooney pero eso era predecible en una peli que recrea algunas de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, aunque el punto de vista sea un poco diferente al que estemos acostumbrados a ver. Me ha gustado.


No fue de las más numerosas pero ahí estuvimos los nostálgicos del No a la Guerra. Sin la emoción justificada que tuvieron las anteriores, esa emoción que sólo genera el hecho de unirse para luchar contra una causa injusta en el momento en el que se produce, como fue y sigue siendo esa terrible ocupación, no más terrible que muchas otras cosas que acontecen en este gran planeta en que habitamos, todo hay que decirlo. Para mí esta mani sólo tuvo una constante que se ha mantenido en comparación con las que he vivido hace unos tres años y ha sido verme al lado de Juan Diego Botto que tampoco se ha perdido ninguna y que además siempre acaba coincidiendo con mi espacio en la manifestación en algún momento de la misma, cosas del destino. Eso es porque me gustan las pelis en las que trabaja.

Muchos recurrieron al baúl de los recuerdos para rescatar las pegatinas de entonces, un No a la Guerra que chorrea sangre sobre un fondo negro. Curiosamente, pude ver un par de banderas españolas, tímidas, en un tipo de manifestación en el que no suelen hacer acto de presencia. Supongo que alguien pensó que es mejor llevar alguna testimonial para que otros no se la apropien.


Un escenario que rescató el The War Song de los Culture Club, o el Give Peace a Chance, de John Lennon en una plaza de Atocha atestada de personal. El manifiesto corrió a cargo de tres mujeres que levantaron aplausos antes, durante y después de la lectura. Hubo una consigna desechada por ser un trabalenguas y otra que empezó tímida y que terminó contundente: Zapatero, no estás solo. Algún incidente menor como unos pocos aguafiestas invisibles que corearon un arriba España con cierto mal gusto mientras el manifiesto saltaba a la palestra. Añoranza de la emoción de las anteriores y buen rollito.

viernes, 16 de marzo de 2007

Los juegos más esperados para el 2007




Se nos anuncia la puesta en escena de la PlayStation 3 (como si no hubiera bastante con las otras dos). Consumamos la creatividad de otros previo pago y evadámonos de este mundo que gracias a todas las evasiones conjuntas cada día es más inhóspito. Añadámosle violencia en muchos de los juegos, puesto que no hay suficiente todavía en este planeta. Por último, dejemos de pensar y aprendamos a defendernos de todo, incluso de nosotros mismos. Estos juegos nos enseñan a ello. Eso sí, son entretenidos.




Más información:http://es.videogames.games.yahoo.com/especiales/esperados2007.html

miércoles, 14 de marzo de 2007

3 años


Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve, entonces, la utopía? Para eso sirve, para caminar." (Eduardo Galeano)


Parece que ha pasado una eternidad, ha pasado. Se han hecho tantas cosas como las que han quedado por hacer o las que se podrían haber hecho. Aprovechemos que el sol sigue saliendo en occidente por oriente para hacer lo que tenemos que hacer cada momento, y para dejar de hacer. La mejor política es la que se practica día a día en cualquier parte en el instante en el que se consigue ver el propio ombligo en el ajeno. (EMB)

martes, 13 de marzo de 2007

Carta a una víctima del 11-M





Estimada Bárbara:


Siento vergüenza y pena al mismo tiempo. Vergüenza por cómo nos estamos comportando con vosotros, las víctimas, aquellos a quienes dijimos conocer de los trenes de cada día; aquellos a quienes llamábamos como uno de los nuestros; a aquellos por los que lloramos esos días; a aquellos por quienes gritamos: ¡no está lloviendo, Madrid está llorando! Siento vergüenza por el espectáculo al que irresponsablemente nos han llevado unos y al que de forma insensata hemos entrado los otros. Siento vergüenza de no saber estar a la altura, de que mis lágrimas parezcan de cocodrilo, cuando intentan ser sinceras. Siento vergüenza, porque con vuestra fortaleza y dignidad nos estáis dando una lección a todos. Y siento pena. Una pena enorme por nosotros porque, de esta manera, así sin darnos cuenta, pisoteando sobre vuestras ausencias y dolor, perdemos todo lo ganado desde la Transición. Pues, una vez perdido el respeto por el otro, hemos perdido el respeto por lo más importante y, entonces, qué más da que salte por los aires el estado de Derecho, la Libertad e incluso, nuestra propia dignidad. Y mostremos nuestras vergüenzas sin ningún pudor.


Siento vergüenza y pena por no haber hecho nada para remediarlo. Por participar de esta orgía paranoica. Por arrogarme el derecho de hablar en tu nombre a veces. Por no interesarme por lo que verdaderamente quieres y necesitas. Por ser parte del motivo que te hace alejarte de España cada 11 de marzo, el día del aniversario por el que he de recordar siempre que eres una víctima del terrorismo, la locura y la barbarie humana.
por no haberme dirigido a ti antes, por no haberte escuchado, por estar mirándome el ombligo continuamente. Y siento rabia e impotencia por poder abandonar a mis compañeros en este momento, y ser un todo con una de las partes. Por no haber podido mantener mi promesa juvenil de que nunca más las dos españas han de enfrentarse en un duelo fraticida. Porque os hemos fallado: siento vergüenza y pena. Pero lo más duro, es que sé que ya no puedo pedir que nos perdonéis, pues vuestro ejemplo ni siquiera nos hace dignos de ello; y, por mucho que lo intentemos, nuestro arrepentimiento siempre llevará implícito un reproche al adversario. Tan sólo que sepáis que, como una losa, pesará sobre nuestras conciencias vuestro dolor.

Siento vergüenza y pena de mi misma por no haberme dirigido a ti antes, por no haberte escuchado, por estar mirándome el ombligo continuamente.
Y siento rabia e impotencia por no poder remediarlo. Por haberme dejado caer en el barro y revolcarme en él. Por no poder abandonar a mis compañeros en este momento, y ser un todo con una de las partes. Por no haber podido mantener mi promesa juvenil de que nunca más las dos españas han de enfrentarse en un duelo fraticida.



Porque os hemos fallado: siento vergüenza y pena. Pero lo más duro, es que sé que ya no puedo pedir que nos perdonéis, pues vuestro ejemplo ni siquiera nos hace dignos de ello; y, por mucho que lo intentemos, nuestro arrepentimiento siempre llevará implícito un reproche al adversario. Tan sólo que sepáis que, como una losa, pesará sobre nuestras conciencias vuestro dolor.

Mª José Hernández

martes, 6 de marzo de 2007


Se desmorona la noche. Empieza la tiniebla a diluirse. Asoman promesas de luz. En esos instantes, aún anteriores al día, el espacio no envuelve ni rumbos ni paisajes, dejando así adivinables los adentros del mundo, el reverso de lo cotidiano, la realidad más honda. Como vagos jirones de niebla flotan invisibles revelaciones. Todas para mí, pues sólo yo estoy aquí, viviéndome en este mundo en suspenso. La hora indecisa, la agonía de la noche en la espera del día, barre como hojas secas todos los ruidos urbanos. Me envuelve el susurro del viento, el empuje de la pleamar, las radiaciones acribillando el aire, la música de las esferas.


Respiro hondo un húmedo frescor vigorizante. Me penetra; mi cuerpo lo recibe entregándose. he dejado en la hondura del navío, en la cuarta cubierta donde vivo y trabajo, una luz de neón a todas horas, y emerjo aquí como el náufrago que recobra la vida a bocanadas. Renazco cada día, subiendo al alba, para vivir este intervalo augural, entre dos tiempos, el ayer y el hoy. En esa divisoria vislumbro mejor lo esencial, siempre escondido bajo lo urgente.



José Luis Sampedro. La senda del drago.

viernes, 2 de marzo de 2007

Esperemos que se equivoque...


Es uno de los narradores más celebrados. Con 60 años, Auster confiesa que su imaginación da señales de agotamiento. En Viajes por el Scriptorium, que acaba de publicarse en España, reflexiona sobre la vejez y la responsabilidad de crear personajes. Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York, conversa con uno de sus vecinos más ilustres.

"Después de este libro no he empezado nada nuevo. Tengo algunas ideas, pero son muy vagas. Quizá no haya más novelas de Paul Auster"

"Los Estados Unidos se fundaron sobre presupuestos maravillosos, pero hay manchas negras que ensucian seriamente nuestra historia"
Acaba de cumplir 60 años, aunque aparenta 10 menos. Tiene barba de varios días y un ligero resfriado que no le impide fumar, uno tras otro, los puritos holandeses a los que es adicto. Habla de su mujer, Siri Husvedt, que se encuentra cuando se realiza esta entrevista en España, para dar una conferencia sobre Goya en el Museo del Prado. Se muestra particularmente orgulloso de que hayan elegido su película The inner life of Martin Frost para abrir el Festival de Nuevos Directores que organiza el MOMA, en el mes de marzo. No está mal para alguien de mi edad, dice divertido el último Príncipe de Asturias de las Letras. Su última novela, Viajes por el Scriptorium (Anagrama), acaba de publicarse en España.
Pregunta. Hace un año, usted y yo nos encontrábamos exactamente aquí, en esta habitación. Yo le pregunté por el libro que iba a escribir después de Brooklyn Follies, y usted habló de la imagen que desencadenó Viajes por el Scriptorium. ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora?
Respuesta. Como le dije entonces, todo empezó con la visión de un anciano que está sentado al borde de la cama, con las manos en las rodillas, mirando al suelo. Enseguida me di cuenta de que aquel anciano podía ser yo mismo, dentro de veinte o treinta años, y desde el momento en que se me alojó esa idea en el cerebro me puse a pensar en un libro que, un año después, ha visto la luz. La idea subyacente es la de un escritor obsesionado por todos los personajes a los que ha dado vida a lo largo de los años, en todas las novelas que ha escrito. Crear personajes no es una acción gratuita, es algo que entraña una responsabilidad, y eso es lo que abordo en la novela. ¿Qué significa dar vida a un ente de ficción? Lo paradójico, creo yo, es que, si el libro que se escribe es bueno, las criaturas imaginarias estén destinadas a tener una vida mucho más larga que la de su creador. Hay más. Pese a su brevedad, Viajes en el Scriptorium es una historia bastante complicada. Por una parte, es una pesadilla, pero también se puede leer como una alegoría o parábola política.
P. La novela es un viaje al pasado en varios sentidos. En primer lugar, es una recuperación de la memoria personal, pero también una indagación acerca del pasado histórico de su país. ¿Qué le hizo interesarse por la Confederación y por la suerte que corrieron los nativos amerindios?
R. Al escribir tenía en mente dos momentos históricos distintos. Uno es el presente. Es difícil obviar ciertas acciones del Gobierno americano actual y cómo influyen en los acontecimientos del mundo. Estoy pensando en la práctica llamada actuación extraordinaria, una de las cosas más espantosas que jamás ha hecho mi país, y que consiste en que hay agentes norteamericanos que detienen a sospechosos de terrorismo y los mandan a otros países para que los interroguen y torturen. La situación de mi protagonista es muy parecida, en el sentido de que no tiene la menor idea de dónde está ni por qué se encuentra en esa situación. En cuanto el pasado de mi país... Hablando claro, los Estados Unidos se fundaron sobre presupuestos maravillosos, pero hay manchas negras que ensucian seriamente nuestra historia desde sus orígenes. Hay dos episodios capitales, el exterminio (o intento de exterminio) de los indígenas, y la esclavitud. Esas dos lacras siguen proyectando su sombra sobre el presente.
P. ¿Cómo se le ocurrió poner de protagonista a un anciano que ha perdido la memoria?
R. El otro gran tema del libro es la vejez. La situación que vive mi protagonista la comparte muchísima gente con la que convivimos. Los ancianos son seres muy frágiles. Se los envía al asilo, obviando su fragilidad. Son seres confundidos, les falla la memoria, no saben dónde están, no entienden bien qué les sucede, están indefensos. Se trata de algo muy común, pero olvidado, y yo quise abordar eso en mi historia.
P. Entre los personajes que se le irán apareciendo a mister Blank, el primero, y uno de los más atractivos es Anna Blume, la protagonista de El país de las últimas cosas. Parece que usted siente particular debilidad por ella. ¿Qué representa?
R. Es uno de los primeros personajes que creé. Empecé a escribir su historia cuando yo era muy joven, a los 21 años, sólo que tardé muchísimos años en dar con la manera de escribir El país de las últimas cosas. Anna Blume es el personaje con el que he convivido más tiempo. Me ha acompañado a lo largo de toda mi carrera, y es el que siento más próximo a mí, y lo mismo le ocurre a mister Blank. Anna, a pesar de todo lo que ha sufrido, porque así lo ha decidido la imaginación de su creador, se siente muy próxima a él.
P. ¿Y cómo se le fue apareciendo el resto de los personajes a mister Blank? ¿O debería decir a Paul Auster?
R. Fue un proceso inconsciente. Se me aparecían sin que los llamara. Empecé el libro sin tener ningún plan preestablecido. Ni siquiera tenía la certeza de que lo que estaba haciendo fuera a acabar siendo un libro. Las cosas fueron surgiendo espontáneamente. Estaba probando ideas, pero una cosa llevó a la otra.
P. ¿Se siente satisfecho del resultado?
R. No lo sé. Cuando acabo un libro, nunca me siento demasiado satisfecho. Pero responde a lo que quería hacer, una vez que conseguí entenderlo, para bien o para mal.
P. Algunos críticos han dicho que es un libro muy austeriano: elegantemente escrito, con brillantes juegos metaficticios, pero que en realidad no añade nada nuevo a lo que ya nos había dado Paul Auster.
R. Ha habido división de opiniones, pero eso me ha pasado desde que publiqué mi primer libro. Hay gente que detesta lo que hago y gente a la que le encanta. No hay nada que pueda hacer yo. Tengo que aceptarlo.
P. En un momento de la historia, casi sin venir a cuento, alguien cuenta un chiste. ¿No resulta un tanto gratuito? ¿Por qué se le ocurrió introducir algo así?
R. Bueno, de pronto Blank recuerda una conversación con Fogg, el personaje de El palacio de la luna, que es quien cuenta el chiste. Pero no es una incorporación gratuita. No sé si se ha fijado en que el libro está dedicado al padre de mi esposa. Murió hace tres años, y yo tenía una relación muy estrecha con él. Fue él quien me contó el chiste, y lo incorporé como homenaje a él.
P. ¿Puede hablar un poco de la voz narrativa? Empieza utilizando la primera persona del plural, y hacia el final cambia al singular, ¿por qué lo hace? ¿Se trata de una venganza orquestada por los personajes?
R. Así es. La primera persona del plural es la voz colectiva de todos los personajes que ha creado mister Blank, que se confabulan contra él. Al final descubrimos que hay un personaje en particular que toma la iniciativa, pero no puedo decir por qué, porque entonces estropeo la novela a quien no la ha leído.
P. Usted reserva la aparición de Daniel Quinn, personaje de la Trilogía de Nueva York, para el final. ¿Quiere eso decir que Viajes por el Scriptorium es una suerte de regreso a los orígenes, una especie de recapitulación de toda su obra?
R. Es posible... Reconozco que es una decisión un tanto extraña. La verdad es que cuando terminé Brooklyn Follies no las tenía todas conmigo. Tenía dudas acerca de mi capacidad para escribir otra novela.
P. ¿Por qué? ¿Es que no se encuentra en buena forma su imaginación?
R. La verdad es que no lo sé. En estos momentos muestra signos de agotamiento. He trabajado demasiado últimamente. Escribí el guión de una película que se va a estrenar en marzo. Después de Viajes por el Scriptorium, no he empezado nada nuevo. Ojalá pueda seguir escribiendo. Tengo algunas ideas, pero son muy vagas. Quién sabe, a lo mejor he llegado al final. Quizás no haya más novelas de Paul Auster. No lo sé. Ojalá no sea así, pero en este momento no puedo asegurarle nada.


Entrevista publicada en El País (Cultura 1/3/2007)